EMPODERAMIENTO Y RESIGNIFICACIÓN: El ex D2 hacia la verdad colectiva: los grandes pasos de quienes nunca olvidaron

EMPODERAMIENTO Y RESIGNIFICACIÓN: El ex D2 hacia la verdad colectiva: los grandes pasos de quienes nunca olvidaron

20 de septiembre de 2015 – A ocho días de la oficialización de la entrega del ex D2 -aún obstaculizada por la Policía Judicial- a los Organismos de Derechos Humanos y a la sociedad mendocina como Espacio de la Memoria, Despacito y por las piedras comparte la entrevista en vivo que tras el acto protagonizaron las sobrevivientes Ángela Urondo Raboy y Ana Montenegro. “No me puedo perder estar ahí, tengo que corroborar la memoria”, había dicho días antes de su viaje la hija de la periodista Alicia Cora Raboy y del escritor “Paco” Urondo, ambos militantes de Montoneros que fueron asesinados por “fuerzas conjuntas” el 17 de junio de 1976 en las calles de Dorrego, con un rol clave de la patota de ese centro de exterminio durante el operativo. Como se confirmó en el primer juicio de lesa humanidad de la Ciudad de Mendoza, el cuerpo de Francisco fue arrojado al D2 y luego recuperado, en tanto que Alicia fue capturada con Ángela y desaparecida tras el paso por esas mazmorras del horror.

rosangiesDijo Ángela: “Durante toda la infancia soñé con un lugar que me daba miedo y que no tenía correlato. Soñé con un edificio, con una habitación verde, con escaleras y pasillos. Y ahí se mantuvo un recuerdo grabado que no sabía que era un recuerdo, y recién pude corroborarlo ahora, aunque ya lo había testimoniado en el juicio. Si bien la memoria onírica es un memoria por la cual una no sabe hasta qué punto es verdad, llegar y poder ver los espacios metro a metro y palmo a palmo, la memoria construida sobre la verdad, da mucho alivio. Por otro lado, yo dejé a mi mamá en el D2. Fue el último lugar donde estuvimos. Entonces, siempre que vengo a Mendoza, siento que vengo a verla a ella, aunque no esté en ninguna parte está en todas partes, está en la naturaleza. Y hoy, entrando al D2 sentí que ella ya no está ya sola en ese espacio”.

La misma sensación tuvo Ángela cuando visitó la ESMA por primera vez, respecto a su hermana, Claudia Urondo, y su cuñado, Mario Koncurat, desaparecidos desde diciembre de 1976: “estuvieron solitos mucho tiempo en la casa del enemigo y ahora puedo visitarlos en ese lugar abstracto que en definitiva es el corazón de cada uno”.

Cosas esperadas e inesperadas

Entre la alegría reciente, el recuerdo de sus seres queridos -entre tantas pérdidas, Ana tiene la de su compañero, Daniel Olivencia, asesinado y desaparecido a principios de 1977 en San Juan- y el desafío de resignificar el ex D2, ambas entrevistadas hablaron del encuentro de “la familia de los derechos humanos” de nuestra provincia, que esa familia trasciende la historia y que “depende de todos nosotros iluminar estos huecos tan oscuros”.

mesasLa larga demora de los sucesivos gobiernos provinciales para entregar el mayor centro clandestino de la región -que además siguió funcionando en democracia como centro de detención para los jóvenes más vulnerados- es comparable a la que se dio con el juzgamiento a los responsables del genocidio. Sin embargo, para Ángela, “una vez que los juicios tuvieron espacio de ser acortaron las distancias y hubo avances enormes, poniéndose a la vanguardia en el juzgamiento de civiles en el marco de un genocidio”, como la actual megacausa que contempla las responsabilidades de cuatro ex magistrados de la justicia federal. “Son momentos aparentes” -añadió- “y lo logramos en cuanto pudimos desarticular el poder de los genocidas en la democracia”.

De allí que la recuperación del ex D2 se haya dado “desde el sentido común de la política, que fue reevaluando esta imposibilidad de hacerlo y hacerlo”, con el agravante por la “conmoción” que a Ángela le provocó hace dos años la señalización, “porque adentro la policía seguía trabajando con fines represivos a otra escala, en la jaula de ingreso seguía habiendo detenidos de la escala más vulnerable de la sociedad”. Y explicó que “desde nuestro lugar de sobrevivientes, víctimas y familiares tenemos este reclamo que nos sale de las vísceras pero excede esa visceralidad porque es de toda la sociedad: el genocidio no fue contra los desaparecidos ni contra los familiares de los desaparecidos, fue contra toda la sociedad, un plan para cambiar estructuralmente la sociedad e instalar la identidad del represor. Y claramente no lo consiguieron: nos hicieron pelota, nos dejaron las familias hechas quesos gruyere llenos de agujeros, pero no lograron desaparecernos ni generacional, ni orgánica, ni ideológicamente. Hemos sobrevivido”.

Y además, “los sobrevivientes y los familiares tuvimos durante mucho tiempo en nuestras manos la responsabilidad de que el genocidio no quede impune y ahora que el genocidio está en juzgamiento activo y hay muchos fallos, tenemos la sensación de que hay otros derechos nuevos para la reparación. Esta historia pertenece a toda la Argentina y vuelve a repartir la tragedia en toda la sociedad. Hay lugares adonde ya no se vuelve atrás, hay la consciencia del genocidio, no hay teoría de los dos demonios ni teoría antisubversiva que pueda sostener esta masacre, los fallos ponen un límite para debatir, un techo y un piso. Así, damos el gran paso de las verdades personales a las verdades colectivas”.

El número 30001 y la historia del viento

alicorsPara Ana se trata de “una sociedad que camina hacia la construcción de la verdad colectiva y a la restitución. El otro paso es la constitución de una política de Estado -en materia de memoria, verdad y justicia-, y eso es a lo que asistimos hoy: el Estado devuelve el espacio marcado por la sangre y la represión a los actores que son los Organismos, pero esto nos supera porque a largo plazo seremos la anécdota, ya que el número 30001 va a ser quien signe la historia. Ahora tenemos ley, decretos e infraestructura para empoderarnos de un lugar de muerte en memoria hacia el futuro y para las próximas generaciones. Es como logar la unión de todo lo que son derechos vulnerados, desde la importancia que tenga un espacio la Comisión Provincial para la Prevención de la tortura o  para que no haya ni un pibe menos”.

En cuanto a algunas de esas continuidades -torturas en sitios de detención, violencia institucional- Ángela señaló: “La dictadura no empezó el 24 de marzo de 1976 ni terminó con las elecciones de Alfonsín en 1983. Las prácticas represivas comenzaron mucho antes y se continuaron después: Sebastián Bordón no hubiese sido asesinado -por dar solo un ejemplo- si no hubieran seguido esas prácticas enquistadas en las fuerzas policiales; Carlos Rico Tejeiro no hubiese sido funcionario de seguridad sin un Aguinaga o un Jaque que lo permitieron. No hubo depuración y por eso tuvimos a un Milani como Jefe del Ejército, un gran error que nos puso a las víctimas en un lugar muy complicado, un contrasentido”. Y Ana cerró soplando “este viento de avance” que es “ni un paso atrás respecto a lo conquistado en materia de derechos humanos”.

 

Ángela Urondo Raboy y Ana Montenegro en Despacito y por las piedras, 12 de septiembre de 2015.

D(2)volver

Recuerdo el ruido, las explosiones, los gritos, mi llanto y mi miedo. La incomodidad, el sofoco de la tela y la estructura metálica del asiento. La necesidad de volver a sentirme a salvo en un lugar seguro. Los brazos de mamá, “duérmete niña, duérmete ya”. Recuerdo el último contacto, cuerpo a cuerpo, que no llegó a ser abrazo ni beso ni despedida, apenas una brusca sobrevida. Recuerdo la voz de su mirada, su olor y su miedo. Recuerdo mi incomprensión. Ese ruido. La perspectiva de esa esquina, vista desde el capot de un auto sobre el que estuve sentada, entre muchos otros autos que había desparramados en la calle. Los recuerdo a ellos y a sus radios de walkie-talkies. Ese ruido. Y la gente, mucha gente, entre quienes buscaba, uno por uno, cara tras cara, entre todos los desconocidos, a mis padres recién perdidos. Y recuerdo otras cosas sueltas, de los lugares adonde me llevaron después. El cuartito azulado (o verde clarito), luminoso, que quedaba arriba, en la parte más tranquila de ese lugar, donde creo que me dieron de comer (o, por el contrario, donde pasé mucha hambre) y donde me cambiaron los pañales sobre un escritorio. Concadenado, viene otro recuerdo, saliendo de ese cuartito, doblando hacia la derecha por un pasillo con tramos oscuros y después, bajando por unas escaleritas angostas que desembocaban en un pasillo con muchas puertas a los costados y mucha oscuridad. Recuerdo ruidos y olores.

angsesAlgunos lugares los identifiqué, y otros todavía no los encontré, pero sé que existen y los estoy buscando. Puertas, ventanas con formas especiales o en ubicaciones particulares, que quedaron repitiéndose en mi memoria a la hora de los dulces sueños. Aquellos tubitos largos de metal asomándose por las mirillas que se abrían en el medio de las puertas, también de metal o de madera, y por ventanucos escondidos. Voces de metal y esos cañitos, que salían de cualquier parte y siempre me apuntaban.

No recuerdo cuándo dejé de llorar. Cuándo me entregué. Cuándo dejé de necesitar. Cuándo empecé a olvidar.

Ángela Urondo Raboy, ¿Quién te creés que sos?, 2012.

 

Juez González Macías y las sentencias contra los asesinos y desaparecedores de Alicia Cora Raboy y Francisco Reynaldo Urondo, 6 de octubre de 2011.

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