Rodolfo Walsh: coherencia y herencia en tres movimientos

Rodolfo Walsh: coherencia y herencia en tres movimientos

18 de abril de 2015 / Texto Sebastián Moro y Penélope Moro

Literatura, periodismo y compromiso político. Ficción, centralidad del testimonio y asunción de determinada posición ideológica y sus consecuencias. Ambas tríadas se corresponden y articulan inevitablemente con la vida y obra del escritor, periodista y militante Rodolfo Walsh. “Imperdonable no hablar de él y más ahora que ha muerto su última compañera” -Lilia Ferreyra-, explicó Mario Maure en su última columna de “Despacito y por las piedras”. La propuesta giró en torno a tres momentos -o actos, o movimientos como corresponde a todo jugador de ajedrez- de su producción: la publicación de Operación Masacre, su participación en Prensa Latina y la publicación de la Carta Abierta en 1977, que le significó su asesinato, perpetrado por una patota de la ESMA. Una mirada actual y a futuro de ese hombre que tomó al testimonio como “su elección estética definitiva, al punto de morir por ella”.

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Para el profesor Maure no hay disyuntivas: “si hay un libro de la buena memoria ese es Operación Masacre”, según reiteró en más de una oportunidad durante su columna. Se trata de una obra insoslayable en la literatura argentina. Primero por el singular cruce que produce entre literatura y periodismo como el precedente de lo que se va a llamar en Estados Unidos “Nuevo Periodismo”, cuyo texto más conocido es A sangre fría de Truman Capote y que aparece casi una década más tarde. Y después porque ese libro marca un antes y un después en el rol que los intelectuales tendrían en la política de allí en más.

Operación Masacre aparece en 1957, luego de la caída del peronismo y relata los fusilamientos de trabajadores en los basurales de José León Suárez, ordenados por la Revolución Libertadora el año anterior. Nadie quería comprar esa historia pero él “quería publicarla cueste lo que cueste”. De allí que revivió la entrega por folletines y renovó el concepto sobre escritura y publicación: el autor comprometido debe, además, militar la difusión de lo producido. En cuanto al punto de vista, Walsh -que venía de pulir el relato policial en Variaciones en rojo– le añadió la dimensión política.

Es ineludible entonces, hacer mención a ese emergente de mediados del siglo XX que fue el peronismo y que obligó a los escritores a tomar una posición: se había roto cierta continuidad histórica y para los jóvenes intelectuales había llegado la hora de la toma de conciencia de su realidad. Los viejos estereotipos culturales ya no servían para juzgar esa realidad que se presentaba enteramente distinta, inesperada. Tenían que tratar de entender lo que estaban presenciando. Para algunos de ellos, los que venían de la clase trabajadora, la respuesta fue más fácil: tomar el camino del proletariado, es decir, del peronismo.

Es un momento de gran complejidad para el mundo literario, el de revisar el concepto de literatura, el de escritor y el de las relaciones del escritor con la sociedad. A muchos escritores -como a Walsh- les llevó mucho tiempo, por ejemplo, pasar de la Alianza Libertadora al marxismo o a sus relaciones con el peronismo. De hecho, nunca se reconoció como peronista. Pero lo suyo “es absolutamente coherente desde el momento en que tiene una tendencia movimientista de ver la realidad en la realidad y no la obediencia ciega al dictamen ideológico”.

Operación-Masacre-1969.s.El peronismo dejó su marca en todos, peronistas y antiperonistas. De dos de las revistas más representativas de la época –Contorno y Ciudad– solía decir David Viñas: “si no fuera por Perón, andaríamos a los tiros entre Contorno y Ciudad“. El tomar conciencia de los fusilamientos y trabajarla a partir de la historia “del fusilado que vive”, llevó a Walsh a pensar que existía una fuerza social subterránea en la Argentina y que era la fuerza por la cual iba a pasar el cambio en el país. Así su marxismo se desplazó hacia la “CGT de los Argentinos”, donde hizo una formidable labor periodística de denuncia, contraria a una burocracia sindical que “adoptó las formas de vida de la oligarquía”.

También incorporó la denuncia sistemática de la violencia policial, que convergía en dos “sectas”, la de “la mano en la lata” -es decir, la corrupción entre funcionarios, policías y mafias- y la del “gatillo alegre” -lo que hoy se denomina violencia institucional-. Es que a partir de Operación Masacre, Walsh ya “no dejó de pensar en las asimetrías y abusos de poder en las relaciones sociales”, tomando claramente posición por los históricamente postergados, por quienes además -mediante sus investigaciones- procuró justicia. Talla a partir de entonces lo que Viñas consideró “el desplazamiento” y “la conversión” de su obra y su militancia y que el columnista define como “viraje”: Walsh integró a partir de los ’70 Montoneros -con el apodo de “Profesor Neurus”- y las Fuerzas Armadas Peronistas -FAP- porque “entendía por dónde pasaba la cosa sin sentirse obligado a dictámenes ideológicos partidarios, asumiendo su lugar frente a las mayorías silenciadas y proscriptas”.

Mario Maure sobre Rodolfo Walsh, “Los libros de la buena memoria”, “Despacito y por las piedras”, 11 de abril de 2015

La satisfacción moral de un acto de libertad

Sin dudas fue Operación Masacre lo que obligó a Walsh a tomar otro camino en medio de debates muy complejos entre intelectuales y la polémica generalizada frente al peronismo y otros movimientos nacionales de todo el continente. Su paso por Cuba y su desempeño en la Agencia Prensa Latina -junto a Gabriel García Márquez, Jorge Massetti y Rogelio García Lupo- tienen que ver con eso. Allí tuvo un papel fundamental no sólo en el manejo de la información periodística en una revolución reciente -“como forma de contrarrestar el pescado podrido que vendía sobre Cuba la propaganda estadounidense”-, sino también en el de la información secreta, al desencriptar los códigos de la CIA para invadir la isla desembarcando en la Bahía de Cochinos.

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A esta valoración de la información como “poder de lo secreto” le encontraría su vuelta de tuerca final a partir del golpe de Estado de 1976 con la creación de la Agencia de Noticias Clandestina -ANCLA-, cuya experiencia comunicacional de ruptura de la censura reinante se resume en su estrategia de difusión: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo. Mande copias a sus amigos. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”.

De allí que Viñas en una de sus últimas entrevistas haya considerado que Walsh, por su obra y su posicionamiento, es el mejor escritor argentino, por encima aún de Jorge Luis Borges. Y porque no dejaba de plantearse y plantear contradicciones frente a un status  literario que consideraba, por ejemplo, “superiores” a formas canónicas como la novela de ficción ante el testimonio, que era “disminuido”. En una célebre entrevista que le hizo Ricardo Piglia en 1973, Walsh dejó expuestas sus lecturas respecto a la relación entre política y literatura -“con una máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda”-; y entre ficción y no ficción, anticipándose a la novela en auge como “una forma de escritura propia de la sociedad burguesa” que, como tal, entraría en decadencia y permitiría una revalorización del género testimonial.

En Operación Masacre: la fundación mitológica del testimonio, Rossana Nofal, doctora en Letras e investigadora del Conicet, explicó esos presupuestos walshianos: “Puesto que la verdad es la de un sujeto, se plantea una perspectiva política: el relato testimonial se incluye en una tradición que deja de lado la creencia de que es posible el testimonio objetivo y que éste puede garantizar la verdad en la medida en que es auténtico. Esto implica una transformación en la idea de verdad, y es aquí en donde se encuentran los elementos que constituyen la identidad del género”.

Crisis de la novela, crisis del periodismo: a la luz de su figura

El 25 de marzo de 1977 Rodolfo Jorge Walsh fue asesinado por un grupo de tareas de la ESMA y su cuerpo desaparecido, de la misma manera que un gran volumen de documentos y obras inéditas que fueron allanadas de su casa en el Tigre, como su último cuento, Juan, que se iba por el río. El día anterior, durante el primer aniversario de la más sangrienta de las dictaduras, había publicado la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Para Maure, la Carta “es equiparable al último combate del Che en Bolivia. Como él, se sabe cercado y sabe que ese acto -distribuir el documento, otra vez militar su difusión- es fundamental, que él tiene que hacerlo y que va a encender una mecha. Acá creo yo que Walsh lleva a cabo definitivamente el encuentro del arte con la política. Lleva a cabo lo que había planteado seis años antes: el abandono de un género -la novela-, que él considera por su formación burguesa la cumbre de lo literario, para dar lugar al testimonio, al que piensa como el género que va a ocupar su lugar”.

neurus.s.Ese acto es también “una obra literaria en el sentido estético de lo que significa sentir” y “la coherencia máxima de lo que se propuso como escritor, periodista y militante político: Walsh logra la confluencia de esas tres vertientes en su vida. De hecho ha hado sus frutos: nadie puede olvidarse de él, su espectro es inevitable y nos mira siempre”. En esto también coincide Nofal: “las palabras militancia, miedo, armas, muerte, atraviesan el canon de la escritura testimonial en Argentina. El relato inaugural de esta tradición es, sin lugar a dudas, la Carta. Al día siguiente de su envío postal, un grupo de tareas trata de secuestrarlo. Walsh se resiste y lo matan; este momento de constitución nos provoca pensar una imagen de un guerrero de una causa colectiva. La carta, en tanto relato maestro de un género narrativo de la resistencia, es la narración que asegura la muerte del militante en el campo de batalla”.

En esa “entrega conmovedora” hay un relato inaugural, un momento de constitución, un hecho ineludible en la literatura, el periodismo y la historia argentina. Y más aún hoy: “si Walsh detectó una crisis de la novela, eso terminó por extenderse al periodismo como algo sintomático”. Entonces, “el periodismo tiene que volver a pensarse a la luz de su figura”. De allí el nuevo esplendor que tienen el nuevo relato policial y la crónica roja, “tan aborrecida desde un periodismo supuestamente serio”.

Y también en cuanto a su herencia en el violento oficio de escribir: “Está toda la corriente testimonialista que surge a partir de Walsh y va a dar lugar a tipos brillantes como Lisandro Otero, que contó la historia de Bahía de Cochinos. Desde ahí se armó el nacimiento del Premio Testimoniosde Casa de las Américas. En México se produjo el surgimiento de los grandes cronistas mexicanos del Movimiento ‘68, como Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Y en Argentina se produjo el surgimiento de un abanico de escritores que aprendieron de él”. Influencias éstas que el escritor y documentalista Paco Ignacio Taibo II -mexicano por adopción-, celebró recientemente en un pasaje de “El jefe”, capítulo de la serie “Los nuestros”, destinado en su memoria: “Walsh abrió varias puertas para todos nosotros; la puerta de la no contradicción entre la militancia y la literatura, la no contradicción entre el periodismo y la literatura y la no contradicción entre el periodismo y la militancia”.

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