LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA: Alejo Carpentier, compositor de tiempos y espacios, de búsquedas y fugas

LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA: Alejo Carpentier, compositor de tiempos y espacios, de búsquedas y fugas

18 de agosto de 2015 – “El tratamiento que Carpentier hace de lo temporal y lo espacial, montado sobre su idea de lo real maravilloso, da cuenta de las temporalidades que conviven en América: lo indígena con lo africano y con lo occidental, en pleno siglo XX y en un mismo espacio”. Eso, más el mestizaje con que asumió su literatura y erudición cultural -“haciéndose cargo de los postulados bolivarianos”-, tanto como su concepción de “lo real maravilloso en lo cotidiano” de un llano o de una selva y su asunción de “lo barroco” como postura política y estética, frente a lo impuesto por el eje norte-sur, hacen para nuestro columnista Mario Maure, del escritor y musicólogo cubano, “uno de los forjadores de lo que somos como continente, desde su isla y más allá”. Es decir, desde la vanguardia, la indagación y la ficción histórica latinoamericana, en títulos como El siglo de las luces, Los pasos perdidos, El reino de este mundo o El recurso del método. Fue también precursor y médula del “boom latinoamericano” y un estudioso y apasionado de la música, con ensayos y novelas como Concierto barroco y La consagración de la primavera. Mario dedicó este “Libro” “al Maestro Jorge Hidalgo, gran conocedor de su obra”.

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Alejo Carpentier nació en Suiza en 1904 y se crió en Cuba, adonde permaneció casi siempre hasta los 24 años. Tuvo un padre francés y arquitecto y una madre de ascendencia rusa y profesora de idiomas, que se instalaron en la isla apartándose de lo que el padre consideraba “la decadencia europea”. Educado en la música y arte europeos, fue tomando contacto con la cultura de los campesinos pobres, en una Cuba recientemente independizada de España pero inmediatamente recolonizada por Estados Unidos. O sea que desde sus orígenes Carpentier vivió un cruce de culturas constante. Y esto se transformaría en su mayor preocupación intelectual, manifestada en la infinidad y diversidad de textos que escribió: periodísticos, ensayísticos, literarios.

Por distintos motivos -continuar su formación primero y exiliado de la dictadura de Machado, después- viajó a la Francia de los años ‘20 y ‘30 del siglo pasado, en plena ebullición cultural, donde se contactó fundamentalmente con los surrealistas. Allí tomó las determinaciones políticas y estéticas que lo caracterizan: justamente porque la distancia le permitió advertir la singularidad primero del Caribe y luego del continente. Esa singularidad es el barroquismo de su cultura y también lo “real maravilloso” que la constituye, hechos que le permiten pensar que lo que ocurre en Latinoamérica no es necesariamente -ni mucho menos- un eco diferido de lo que ocurre en Europa. Según el cubano:

 ¿Y por qué es América Latina la tierra de elección del barroco? Porque toda la simbiosis, todo mestizaje, engendra un barroquismo. El barroquismo americano se crece con la criollidad, con el sentido criollo, con la conciencia que cobre el hombre americano, sea hijo de blanco venido de Europa, sea hijo de negro africano, sea hijo de indio nacido en él, contiene la conciencia de ser otra cosa, de ser una cosa nueva, de ser una simbiosis, de ser un criollo; y el espíritu criollo de por sí es un espíritu barroco.(…) Con tales elementos en presencia, aportándole cada cual su barroquismo, entroncamos directamente con lo que yo he llamado lo real maravilloso.

El desafío de producir sentidos como haciendo música

En lo referido al barroco, en varias ocasiones Carpentier declaró que es el estilo legítimo del escritor latinoamericano. Es más: ha afirmado que nuestro arte siempre fue barroco, desde la escultura precolombina hasta la mejor novelística de los ‘70. Este barroquismo es exigido por la necesidad de nombrar las cosas, de inventariar y describir los múltiples contextos americanos. Pero otra de las acepciones del barroco es el ocultamiento deliberado de las pautas convencionales de escritura de determinadas épocas: por ejemplo, en los juegos conceptistas del Siglo de Oro, en la poesía oscura de Góngora, o en cómo se complejiza el Quijote en su segunda parte. En ese sentido lo definió el propio Alejo en una de sus innumerables conferencias, recuperada por El Pollo en su “directiva” de “acá, lo qué carajos es lo real maravilloso”:

Alejo-en-La-Habana-1927sCategoría literaria cuyo rasgo principal es la creencia de que lo extraordinario, que no tiene por qué ser hermoso o feo, sino novedoso, insólito o sea, tener la cualidad de asombrar a las personas al salirse del molde de las normas preestablecidas.(…) Y yo diría que si toda imitación es académica, toda academia se rige por reglas, normas, leyes, y todo lo académico es conservador, observante, obediente de reglas: luego enemigo de toda innovación, de todo lo que rompe con las reglas y normas.

Carpentier trabaja sobre este registro de lo barroco: el del ocultamiento de las técnicas narrativas, como en esa obra magistral que es El acoso (1958), donde el relato aparece desordenado. Allí, el escape a la racionalidad cronológica vigente tiene como fin que el lector piense en las tensiones de la época y cómo afectan a los sujetos: alienación-lucidez moral; ilusión-fracaso; autenticidad-degradación. Y además, ese ordenamiento temporal tiene como fin una valoración ética de los hechos. Siempre hay mucha introspección en los personajes que se debaten en las limitaciones de su contexto social. En otras palabras: el relato no está expuesto en su orden cronológico de acciones, sino que aparece “desordenado” con el fin de que la lineal cronología quede diluida en el transcurrir de una temporalidad interior, propia de los personajes.

Cronistas e intérpretes de los nombres, de las texturas, de las cosas nuestras

De la misma conferencia: En cuanto a lo real maravilloso, solo tenemos que alargar las manos para alcanzarlo. Nuestra historia contemporánea nos presenta cada día insólitos acontecimientos. El solo hecho de que la primera revolución socialista del continente se produjera en el país peor situado para realizarla -digo peor situado geográficamente- es ya de por sí un hecho insólito en la historia contemporánea, hecho insólito que se añade a muchos hechos insólitos que para gloria nuestra, y con magníficos resultados se han producido en la historia de América desde la Conquista hasta ahora.

Pero ante los futuros hechos insólitos de ese mundo de lo real maravilloso que nos esperan, no habremos de decir ya, como Hernán Cortés a su monarca, ‘por no saber poner nombres a las cosas no las expreso’. Hoy conocemos los nombres de las cosas, la textura de las cosas nuestras; sabemos dónde están nuestros enemigos internos y externos; nos hemos forjado un lenguaje apto para expresar nuestras realidades, y el acontecimiento que nos venga al encuentro hallara en nosotros, novelistas de América Latina, los testigos, cronistas e intérpretes de nuestra gran realidad latinoamericana. Para eso nos hemos preparado, para eso hemos estudiado nuestros clásicos, nuestro sutures, nuestra historia, y para expresar nuestro tiempo de América hemos buscado y hallado nuestra madurez. Seremos los clásicos de un enorme mundo barroco que aun nos reserva, y reserva al mundo, las más extraordinarias sorpresas.

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Ya en su primer libro ¡Ecué-Yambá-O! (1933) y más expresamente en el segundo, El reino de este mundo (1949), inspirado en la primera revolución americana hecha en Haití y por esclavos, pone en juego esto que luego va a confundirse con el “realismo mágico” de Gabriel García Márquez. Lo “real maravilloso” es nuestro surrealismo, si se quiere, algo que escapa a la retícula de la racionalidad europea, pero no por eso inexistente. Esto, imperceptible para el ojo occidentalizado, es experimentado por Carpentier en su asistencia a rituales vudú: a propósito, Mario evocó diálogos mantenidos con cubanos en relación a cómo conciliaban ellos el materialismo marxista con esas creencias y la negritud. Le respondieron que las creencias de origen africano no están en contradicción: ocurren aquí y ahora, no en un más allá espiritual, como en el cristianismo. O sea: en “el reino de este mundo”. Y le contaron también, que ni Fidel prescinde de su brujo.

Para Mario, esto se relaciona directamente con la auto-percepción de nuestra temporalidad, que en definitiva es una superposición o yuxtaposición de temporalidades que conviven, comunicantes o no. Esto sería señalado más tarde por García Canclini o Boaventura dos Santos, quien lo ejemplifica con una “escena cotidiana”: en un banco comercial donde hay un ejecutivo, un indígena y alguien de una cultura urbana popular, ninguno está en el mismo “tiempo”. Comprender o ignorar esto tiene efectos políticos, porque un Estado que no lo tenga en cuenta no es verdaderamente democrático.

 

Mario Maure sobre Alejo Carpentier, “Despacito y por las piedras”, 8 de agosto de 2015.

Posibilidades de una isla

Composición-VII-kandinsky-1913sEn Crónicas de Cuba, antología de poemas, relatos y ensayos de autores cubanos en torno al pasado, presente y futuro de la literatura cubana a diez años de la Revolución, cuya selección y prólogo estuvieron a cargo de Rodolfo Walsh en una memorable edición de Jorge Álvarez, el periodista argentino apunta: Decir que la revolución cubana ha conservado a la mayoría de sus escritores y artistas es una simplificación para quienes se postulan como parte viva del proceso, con la capacidad y la obligación de influir en el desarrollo del estado revolucionario. Esta incorporación abarca desde las grandes figuras consagradas hasta los más jóvenes.

Basta mirar la bibliografía de cualquier escritor cubano antes de la revolución, aun los más importantes, para advertir que dentro o fuera de su país eran exilados. Carpentier publicaba en Méjico, Piñera y Guillén en Buenos Aires, Lezama en revistas de ínfima tirada. En la isla de los prostíbulos y los garitos, perla del mundo occidental y cristiano, no había lugar para los escritores.

La revolución creó en Cuba la industria editorial, un público, una corriente de intercambio con intelectuales de todo el mundo, becas y premios, la mejor revista literaria que se publica en castellano. Ciertos acontecimientos como el premio anual Casa de las Américas o el reciente congreso cultural al que asistieron intelectuales de setenta países reciben una publicidad casi comparable a la que nuestros diarios dedican a las carreras y al fútbol. Después de padecer la historia, los escritores y los artistas, más que gozarla ayudan a hacerla.

Fueron esos los años cumbre de una experiencia única a nivel cultural en toda América, la cual Carpentier y su generación de vanguardia ya consagrada integraron hasta décadas después -“porque deben a la revolución la posibilidad de publicar en Cuba”, según Walsh-, a diferencias de las subsiguientes generaciones de intelectuales, quienes al plantear mayor diversidad en lo ideológico y lo estético fueron “desautorizados” y en muchos casos perseguidos. Para las mismasCrónicas, el ensayista cubano Roberto Fernández Retamar definió a aquella como la generación “vanguardista de los hombres de sesenta años de escasa participación activa en la vida cubana actual”. Entre las excepciones destacó a Nicolás Guillén y a Alejo Carpentier, quien para ese umbral de 1969-1970, además de las obras citadas, ya había publicado Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962).

Imaginación y Teoría: viajar, ir, volver, transformar

Carpentier trabaja además las temporalidades en relación a los cambios espaciales que, a su vez, producen transformaciones en los personajes. Eso es lo que pasa en Los pasos perdidos: a medida que el protagonista se adentra en la selva en busca de los orígenes de la música, va introduciéndose en otro tiempo y despojándose de sus costumbres burguesas. O en El camino de Santiago (1956), donde se puede ver cómo Juan pasa de soldado a peregrino, de peregrino a aventurero, de aventurero a perseguido; y buscando el futuro en el Nuevo Continente termina por volver al Viejo como “indiano”. Y viendo cómo el ciclo se repite.

alejosEntonces, remarca el columnista, “lo que tenemos que tener en cuenta es que la novela o cuento nunca se resuelven en la mera anécdota o en la acción, sino que van más allá. Es decir, las transformaciones en el relato son una sintaxis. Y a dicha sintaxis hay que prestarle atención porque tiene una semántica. Este es el esquema en general, también presente en relatos breves como Viaje a la semilla o Guerra del tiempo (ambos de 1956): Estado de equilibrio inicial -> adopción de un proyecto superador -> puesta en marcha del proyecto -> obstáculos -> estrategias para superar los obstáculos -> fracaso de la estrategia -> nuevo estado de desequilibrio inicial -> abandono del antiguo proyecto /adopción de un nuevo.

Concluye Mario que “este esquema, recurrente en su obra, es una proposición antropológica, una percepción del hombre y del tiempo. El tiempo progresivo y lineal deviene aparente y se diluye en una realidad cíclica. Aquí se refleja su concepción de lo humano como ‘comportamiento eterno y único en medio de circunstancias cambiantes’. Y encima, esto se da siempre en un universo gobernado por relaciones asimétricas, inmorales y opresivas. De allí que en Problemática de la actual novela latinoamericana haya planteado e instalado a la novela como instrumento de indagación, un modo de conocimiento de hombres y épocas. La novela llega más allá de su narración y abarca los contextos, aún a pesar del autor. O sea, aunque sea una propuesta imaginaria tiene poder gnoseológico, es una teoría”.

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