LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA: Pedro Lemebel, el auténtico cronista de los nuevos mundos

LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA: Pedro Lemebel, el auténtico cronista de los nuevos mundos

8 de octubre de 2015 – “Es un Diógenes de la posmodernidad, un cínico del siglo XXI. En una época donde la verdad de un discurso es totalmente relativa, yo creo que hay discursos más verdaderos que otros y eso tiene que ver con cómo juega el cuerpo ahí: siempre que escribimos o producimos algo, ponemos el cuerpo, y Lemebel siempre lo hizo con valentía y de forma extraordinaria”. Así definió Mario Maure en Despacito y por las piedras al artista chileno, “un lúcido filósofo del pensamiento político con una coherencia admirable”. Y puso su mirada sobre lo genuino de su obra interviniendo en el espacio público por “la fuerza moral de los lenguajes disidentes”, en un contexto sociopolítico y cultural de impugnación, autoritarismo y machismo. Su barroquismo para abordar las marginadas realidades latinoamericanas y la crónica como “trans-género”, siempre humano y solidario, son parte de lo que el poeta planteó desde sus vísceras.

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Se fue el mes de septiembre y con él -hasta el próximo año- un largo reguero de encontrados sentimientos para el pueblo chileno. Pero esta vez -y esperamos que así siga-, con él se fueron los movimientos telúricos que también repercuten del lado argentino. Ambos países también fueron hermanados -así los mencionaba Lemebel- por otros movimientos telúricos, pero de los de la historia común que asoló a través del terrorismo de Estado a casi toda Latinoamérica y que él, durante y después de las dictaduras, con desgarro y belleza osó denunciar. Es decir, lo telúrico que con su gesto artístico y político el chileno logró provocar. Lo telúrico y sus reminiscencias -entonces- es lo que en Los libros de la buena memoria, Mario logró reflejar.

La humedad porfiada de su recuerdo

Hace dos años y dos días que Pedro Lemebel se presentó por última vez en Mendoza como parte del recorrido poético que hizo de sus Plumas humanas en distintas ciudades del país. Apiñada, arrebolada, conmovida estuvo la audiencia esa noche en la sala del Le Parc donde el artista chileno sacudió -una vez más- los remilgos provincianos con la entrega de su denuncia y su humor, su expresividad y la ocurrencia de su ternura, un jirón de pasión y compromiso. Para mayor shock, recitó y leyó y jugó con el público con su voz ronca, transformada en off producto de una laringectomía por el cáncer que se había manifestado. Es por eso que pidió no ser registrado y -si bien hubo notas acerca de la presentación- sólo existe una grabación clandestina de aquellos cuarenta minutos inolvidables, cuyos fragmentos de El Informe Rettig (o recado de amor al oído insobornable de la memoria) con el que abrimos la columna en su nombre -pero en clave de lo que su voz había sido antes de la intervención-, fueron el corolario de su nocturno canto ante la violencia, la discriminación y la marginación.

plem6sPasó poco más de un año hasta que una mañana de finales de enero amargamente nos desayunamos con que el poeta había muerto en Santiago de Chile, luego de “una agonía que era a la vez drama y comedia, qué otra cosa con él” -según relata el escritor y periodista Alejandro Modarelli-, entre traumáticas internaciones y la compañía de amistades. La muerte, su noticia, no menoscabó lo incesante de sus afanes, pero sí dejó en la orfandad al menos a dos generaciones de escribas, lectoras y lectores, aspirantes a poetas, salvajes detectives latinoamericanos que alucinan sus vidas tras claves literarias.

Lemebel, que fue el mejor poeta de su generación para un alma próxima como el también poeta y novelista chileno Roberto Bolaño, ya había entendido el sentido de su ausencia. Modarelli advierte: “sobre todo, no le gustaban los nuevos referentes de la literatura maricueca trasandina. Nadie se anime a declararse heredero”.

El cuerpo en cada jugada

Mario trazó las principales marcas en la vida de Lemebel: creció en “El zanjón de la aguada”, población marginal a la vera del río Mapocho, donde doblemente sufrió la discriminación y violencia machista; probó como profesor de artes plásticas en Santiago, pero fue expulsado por homosexual; puso su empeño en la escritura, participando de diversos talleres y experiencias a la par que desarrollaba sus incipientes puestas multimediales en escena, con encuentros de poesía que irían decantando en las reactivas performances de Las yeguas del apocalipsis; halló su genuinidad y entonces descolló en el género “crónicas”, publicando -entre otras- las antologías La esquina es mi corazón: crónica urbana (1995), Loco afán: crónicas de sidario(1996), Zanjón de la Aguada (2003), Adiós mariquita linda (2004), Serenata cafiola (2008) y Háblame de amores (2012), además de la novela Tengo miedo torero (2001) y el célebre manifiesto Hablo por mi diferencia, leído por primera vez en 1986 en la Estación Mapocho. Dicen que esa fue la primera vez que “Petra” apareció con tacos altos y pañuelo, “clavándole la hoz en el cuello a toda la militancia setentera, mientras que acá se había entonado ‘no somos putos/no somos faloperos/somos soldados de FAP y Montoneros’”.

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Para ejemplificar “la asimetría que hace que un discurso sea más verdadero que otro” y la posición de “ruptura entre lo público y lo privado” a la cual Lemebel se entregó, Mario evocó “la jugada del hombre sólo y desnudo frente a un rey con toda su corte y su ejército” y al “Diógenes cínico” que se masturbaba en la plaza pública o que, frente a la acechanza enemiga, salió casa por casa con una lámpara “buscando un hombre valiente”. Esa fue “su actitud siempre”, la de Las yeguas, “producir un escándalo, un corrimiento, un movimiento telúrico en las instituciones”.

Nombrar, traspasar, conmover

Para las performances de Las yeguas del apocalipsis utilizó el video y la fotografía, y realizó instalaciones y teatralizaciones con un alto contenido político, “no son pura experimentación de hartazgo posmoderno”. Con esa experimentación mutó su escritura, “siempre en devenir, como él, que nunca ‘ha sido’ ni ‘es’”. Por eso le contestó a una oyente de Radio Tierra -donde apareció el primer programa de diversidad sexual- que le reclamaba que se identificaran por algo más que “la sexualidad”, que para ellos eso era lo urgente y emergente en ese momento. Y que en otro momento ya no sería necesaria esa demanda. Sin embargo, como demostró a lo largo de su activismo y enunció aquella última noche en Mendoza al comentar su crónica La reina de la moda, Lemebel reivindicó tanto a la homosexualidad como a las mujeres.

plem5sDemostraba así la hipocresía y la doble moral, “con su cuerpo siempre de por medio”. Su cuerpo “que se transforma, porque cada forma de arte que abordó estuvo marcada por el cuerpo o una forma de nominación del cuerpo: “del Pedro Mardones -con el que ganó concursos de cuentos- a Pedro Lemebel”, trocando la imposición machista por el apellido de su madre. O como dijo el poeta: “El Lemebel es un gesto de alianza con lo femenino, inscribir un apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti”. Entonces, el trans-género adquiere para él “el doble sentido de transgredir los géneros artísticos y los géneros humanos: traspasar”.

A ese “poner el cuerpo todo el tiempo, afirmándose en el lenguaje y la gestualidad de la loca”, Lemebel debió sumar el peso de la propia historia y realidad chilenas, que ciñeron los cuerpos y acciones de una sociedad injusta e indiferente. Mario explicó que “a esa mirada descalificadora le sacó la carga de violencia y convirtió su homosexualidad en una condición política”. De ahí la continuada exposición de su cuerpo, su “loco afán” frente a “esa violencia absurda” y enquistada contra los pobres y las mujeres, los homosexuales y las travestis, los locos y los estudiantes, tanto en dictadura como en democracia.

Dijo sobre él Víctor Hugo Robles, El Che de los gays: “El evangelio de la muerte, ese que nos transforma a todos y todas en amigos, pero la verdad es que Pedro no era amigo de la derecha ni era buena onda porque sí… él siempre estuvo en el lugar de la loca pobre, de la loca contagiada, de la loca sin privilegios, de la loca profundamente política”.

 

Mario Maure sobre Pedro Lemebel, Los libros de la buena memoria, Despacito y por las piedras, 26 de septiembre de 2015.

La crónica y el lenguaje de la loca

La crónica fue el primer género literario de América -las Crónicas del Nuevo Mundo, o de lo que quedó de él- y la clave de la persistencia del barroco en el continente. Lemebel, a tono con la profecía de Walsh acerca de que lo testimonial tendrá su tiempo tras “la novela burguesa que ocupa todo el espectro” y por lo tanto es preciso subvertirlo -o “desvestirlo”, si se quiere-, dejó el cuento por la crónica, apostando al “cruce de periodismo, ensayo, poesía y narración, en base a testimonios e historias reales”. Es decir, a partir de “ese trans-género que es la crónica, volcó -puso en juego- ironía, ternura, rabia y dolor sin complacencias”, tanto en los registros como en su oralidad. De allí que “exponerse en Chile con esas armas, con lo grotesco y lo ridículo”, haya sido “muy valiente” y que ese barroco, “ese lenguaje exagerado -frente a un mundo que necesita ordenar, catalogar, clasificar, territorializar, controlar- no fuera gratuito en él”. Porque “el gran enemigo de Lemebel es el neoliberalismo y su idea es meterse en los intersticios, producir hibridez, romper las dicotomías”.

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Para Mario, “el Chile de los ‘90 lo ejemplifica muy bien: hay que recordar cómo nos refregaban el ejemplo de la ordenada República”. Dice Lemebel en Los mil nombres de María Camaleón: “Así, el asunto de los nombres, no se arregla solamente con el femenino de Carlos; existe una gran alegoría barroca que empluma, enfiesta, traviste, disfraza, teatraliza o castiga la identidad a través del sobrenombre. Toda una narrativa popular del loquerío que elige seudónimos en el firmamento estelar del cine. En fin, para todo existe una metáfora que ridiculiza embelleciendo la falla, la hace propia, única”. Entonces, puede leerse que “el nombre multiplicado deroga en el cuerpo del lenguaje la prohibición del cuerpo transgresivo. Contra la reducción de la palabra que lo condena, sanciona, persigue y victimiza, este exceso, este desborde nominal transfiere ese cuerpo a un espacio acrecentado de significaciones, cambiantes, mutantes, donde la identidad es una máscara sobre la que puedo ejercer mi autonomía de elección”.

Con el énfasis en el borde de la voz

Quizás América Latina trasvestida de traspasos, reconquistas y parches culturales -que por superposición de injertos sepulta la luna morena de su identidad- aflore en un mariconaje guerrero que se enmascara en la cosmética tribal de su periferia. Una militancia corpórea que enfatiza desde el borde de la voz un discurso propio y fragmentado, cuyo nivel más desprotegido por su falta de retórica y orfandad política sea el trasvestismo homosexual que se acumula lumpen en los pliegues más oscuros de las capitales latinoamericanas.

Tal vez lo único que decir como pretensión escritural desde un cuerpo políticamente no ignorado en nuestro continente sea el balbuceo de signos y cicatrices comunes. Quizás el zapato de cristal perdido esté fermentando en la vastedad de este campo en ruinas, de estrellas y martillos semienterrados en el cuero indoamericano, quizás éste deseo político pueda zigzaguear rasante estos escampados. Quizás éste sea el momento en que el punto corrido de la modernidad sea la falla o el flanco que dejan los grandes discursos para avizorar a través de su tejido roto una vigencia suramericana en la condición homosexual revertida del vasallaje.

(Extracto final de Loco afán, leído en la Universidad Arcis el 22 de mayo de 1991).

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