¿ANACRÓNICAS?: Sobre el pesimismo en la literatura argentina de los años ‘50

¿ANACRÓNICAS?: Sobre el pesimismo en la literatura argentina de los años ‘50

Por Mario Maure, 13 de marzo de 2016, publicado en La Quinta Pata Digital.

A principios de los años setenta del siglo pasado Roland Barthes publicó Escribir ¿Por qué? ¿Para quién?, interrogantes que no pierden vigencia en la medida en que cada época nos obliga a redefinir motivos e identidades con las que comprometemos esos trazos que ineludiblemente tienen una constitución política.

“Melancolía”, Eduard Munch, 1892.

“Melancolía”, Eduard Munch, 1892.

Héctor Murena escribía en El pecado original de América que el destino inmutable de fracaso de nuestro continente se debía a que éste era “un hijo crecido y sin experiencia, un joven senil que vive a la sombra de sus padres, estancado”. Este talante pesimista es reconocible en gran parte de los textos literarios y filosóficos argentinos y del resto de Latinoamérica de la primera mitad del siglo XX, influenciados por el existencialismo que enraizaba aquí bajo condiciones, en algunos aspectos, muy distintas a las de la Europa de posguerra. Es llamativo, entonces, que en un vasto territorio que cambió el sentido espacio-temporal del mundo medieval y que fue investido como lo futuro y promisorio, la producción literaria y filosófica se estancara en una circularidad mórbida.

Si hemos de considerar la sentencia de Murena, bien podríamos hacerlo a la luz de lo que el psicoanálisis caracteriza como melancolía, ese proceso detenido en el cual el yo deprimido y traumatizado se llena de autorreproches preso de la compulsión repetitiva. Esta consideración no es de ninguna manera caprichosa: hay pensadores que producen fructíferos cruces entre esta disciplina y la historia, tales como Dominique La Capra o Gerard Pommier, al hallar analogías entre el trauma individual y el trauma social o incluso -forzando un poco su teoría- en sus posibles elaboraciones como Ernesto Laclau.

En Contar el trauma, contar la historia, La Capra nos dice que todos los pueblos cargan con un trauma así en mayor o menor grado: “Todos los mitos de origen hablan de algo similar a un trauma fundacional que el pueblo sobrelleva y del cual emerge fortalecido: al menos ha logrado soportar la prueba”. Ahora bien, que un “trauma fundacional” cimente la identidad en lugar de cuestionarla, puede deberse -creemos- a las singularidades que constituyen el acontecimiento. En el caso de nuestro continente, no solo a la inusitada violencia con que se llevó a cabo la Conquista, sino también a lo inédito de la experiencia cultural: el encuentro con un Otro con el que se modifican las topologías y las temporalidades del mundo conocido. El particular clima siniestro de algunas de nuestras producciones culturales que podríamos generalizar en los años que van de 1930 a 1970 así lo manifiesta.

Triste Le Ville

En todo caso, lo que nos interesa destacar es que, si bien esta literatura de influencia existencialista dejó un legado de innovaciones formales y contribuyó de forma eficaz al conocimiento de la producción cultural diversa del continente, también integró como rasgo identitario la desesperanza. Bastaría revisar las obras de Vilariño, Onetti, Mallea, Di Benedetto o Sábato entre otros tantos, para comprobarlo.

Lo legible en esos textos -y no es cuestionable desde el punto de vista artístico- es que la política se transforma en un estado de disposición para una utopía vacía acerca de la cual nada se puede decir. Tal concepción a menudo está acompañada por otra que adopta la forma de una postergación indefinida de los cambios institucionales, cuando no directamente apocalíptica.

“Desgarrada escritura vital”, Inma Lorente, 2012.

“Desgarrada escritura vital”, Inma Lorente, 2012.

Contemporáneo de estos escritores, entre los restos de una Alemania devastada por la guerra, Ernst Bloch trabajaba en una extensa obra –El principio esperanza-, una filosofía de signo opuesto caracterizada por una posición activa. En ella critica con dureza al nihilismo que se había apoderado en la Europa de su época, crítica que bien podría dirigirse a los cultores de aquel tipo de literatura. En el prólogo del libro dice Bloch: “En aquellos que no encuentran salida a la decadencia, se manifiesta entonces el miedo a la esperanza y contra la esperanza. Es el momento en que el miedo se da como máscara subjetivista y el nihilismo como la máscara objetivista del fenómeno de la crisis: del fenómeno soportado pero no entendido; del fenómeno lamentado pero no transformado. En el suelo burgués -y menos aún en su abismo aceptado y conseguido- el cambio es de todo punto imposible, aún en el caso que no se da de que efectivamente se deseara. El interés burgués quisiera incluso incluir en su propio fracaso todo interés que se le oponga; para hacer desfallecer la nueva vida, trata de convertir en principio su propia agonía ontológica. El callejón sin salida en que se encuentra el ser burgués, es ampliado a la situación humana en absoluto, incluso al mismo ser”.

El Principio Masacre

En Argentina la irrupción del peronismo -catalizador del pesimismo en la clase ilustrada argentina-, que vino a hacer evidente la decadencia de esa clase y su caída, forjó un nuevo tipo de escritor con otras preocupaciones que irían radicalizándose hacia los ‘70. Con la idea de un “pecado original”, según el cual hubo un estado real o ficticio que se derrumbó y dio origen al conflicto y la diferencia formulados como Civilización vs. Barbarie, se evitó historizar adecuadamente los problemas del continente, incluidas las pérdidas, convertidas en algo etéreo mediante un discurso anodino sobre la ausencia. Y contra estas concepciones va a reaccionar una intelectualidad cada vez más orgánica a agrupaciones que no casualmente se significaban tres lustros después, bajo nombres como Montoneros o Tupamaros y que abandonaban la estéril espera de las víctimas por la activa esperanza de la liberación.

"Victoria Ocampo observa la vuelta del malón", Daniel Santoro, 2011.

“Victoria Ocampo observa la vuelta del malón”, Daniel Santoro, 2011.

No es nuestra intención juzgar calidades literarias que nos parecen indiscutibles. Más bien nos interesa destacar el corrimiento de esa escena apocalíptica y de procedimientos literarios, considerados propios de la novela burguesa por un escritor como Rodolfo Walsh. La No Ficción, ese género que él inaugura, surge como resultado de la negativa de los medios gráficos a la publicación de la investigación periodística que después se convirtió en Operación Masacre. Pero también de una reflexión sobre la escritura: esta debe ser reparadora, un arma contra la impunidad y el olvido, un restablecimiento simbólico de lo que la represión sólo deja manifestar como síntoma.

Entonces, ¿será pertinente comparar las actitudes de los narradores de los relatos de El Silenciero de Antonio Di Benedetto y de Operación Masacre siendo que uno se presenta como estrictamente ficcional y el otro no? Vamos a correr el riesgo. En el primer caso nos encontramos con un escritor frustrado que atribuye esta condición a los ruidos de una ciudad que se moderniza -la primera edición está ambientada en 1948- y que sufre pasivamente un proceso de deterioro deshumanizante, al punto de no reconocer el cuerpo de un amigo en una morgue y de entregar el propio a la vorágine administrativa del aparato judicial. Ese proceso no concluye: queda abierto al infinito porque los ruidos que atormentan al narrador no son sólo físicos sino “metafísicos”. Este relato se asemeja en muchos aspectos a Zama, novela publicada en 1953 y dedicada “a las víctimas de la espera”, algo muy distinto a la esperanza según entendía Di Benedetto.

Por el contrario, Operación Masacre es la crónica de la investigación de una matanza, el relato de una denuncia, pero, además, la búsqueda de una salida a una realidad impuesta y clausurada por la violencia, por parte de un escritor que se decía “fuera de la política”. En este sentido la reflexión sobre la escritura gira en torno a la manera en que puede romper la institucionalidad de los géneros y producir efectos sobre la realidad.

“Operación Masacre”, Leticia Picot, 2014.

“Operación Masacre”, Leticia Picot, 2014.

El narrador de Operación Masacre que puede “volver al ajedrez, a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela seria que planeo…”, seis meses después cambia para siempre al escuchar la frase “hay un fusilado que vive”. En ese momento no sabe qué es lo que le atrae de esa forma de lo que acaba de escuchar. Pero luego, al ver un rostro lo averigua: “Pero después sé. Miro ese agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada, los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana”.

La búsqueda obsesiva del narrador de Operación Masacre difiere diametralmente de la búsqueda obsesiva del silencio y el aislamiento del narrador de El silenciero: en el primero nos parece reconocer la esperanza en un renacimiento del humanismo, de algún humanismo;  en el segundo lo que ya hemos visto en Bloch sobre lo característico del interés de aquella burguesía: convertir en principio su propia agonía ontológica.

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