LESA HUMANIDAD: Betty García, como las cigarras

LESA HUMANIDAD: Betty García, como las cigarras

Con una paciencia infinita, de 41 años esperando para testimoniar y brindar públicamente sus imprescindibles aportes acerca de lo que con más de veinte compañeras padecieron en el Casino de Suboficiales que funcionó bajo órbita del Ejército y de la Fuerza Aérea en 1976 como centro clandestino de detención y torturas, Beatriz García hizo -en 49 minutos- una impecable exposición sobre el terrorismo de Estado y sus secuelas. Fue en la audiencia de ayer del sexto juicio de Mendoza, donde los juicios laten pese al contexto provincial y nacional, y continúan reconstruyendo la verdad y la memoria en un irreversible proceso de aprendizaje que abarca a víctimas, testigos, partes actuantes, Tribunal y público. Más temprano la había precedido Edith Arito, otra sobreviviente de ese horror, que además actualizó datos clave en torno al asesinato y desaparición en el D2 de Daniel Moyano. Abrimos el testimonio de Betty, que al finalizar, emocionada y sonriente, entre abrazos de sus compañeras y compañeros, les pidió que no lloraran.

La canción de nosotras

Describió la sobreviviente al promediar su testimonio y tras una pausa, un largo suspiro: “Pasaron muchas cosas ahí, era muy femenino todo, como éramos todas mujeres había como una situación de mucha contención, entre nosotras nos íbamos conteniendo. Cuando llegaba la hora de la siesta, que en una época fue el momento donde siempre llevaban a la tortura, y sonaba el timbre, porque era una casita con un pasillo largo y adelante tenía un timbre, entonces cuando sonaba el timbre en la siesta significaba que nos venían a llevar a alguna de nosotras, no sabíamos a cuál, a la tortura. Entonces ése era un momento muy, muy, muy complicado porque terminábamos de almorzar y nos tirábamos todas en las camas y ahí quedábamos, estáticas esperando. Realmente esa situación pasa a ser lo que le pasa a la compañera y lo que me pasa a mí, es casi lo mismo. O sea que era espantoso. Y cuando tocaban el timbre y entraba el suboficial que estaba en la guardia y decía el nombre, todas nos parábamos, reconfortábamos a la que tenía que salir, le dábamos una cucharada de dulce y se iba. Después a la vuelta era la contención del regreso, de acariciarla, de mimarla un poco. Esas situaciones se dieron a montones porque creo que es una cuestión muy propia de la ternura de la mujer el cuidarse de otra forma”.

Siguió: “Después, algo más que hacíamos y también nos era muy llamativo, era que para mantenernos bien cantábamos. Y bueno, cantábamos canciones que nosotras conocíamos que eran canciones de protesta, ‘Canción con todos’”. Y concluyó con el relato de la noche del 9 de julio de 1976, cuando a tres meses y medio de su secuestro y privación ilegítima de la libertad, junto a otras compañeras, a puro coraje, a la hora cero y “con toda la potencia”, cantaron el himno nacional. Entonces, “los suboficiales se asustaron mucho, se pensaban que estábamos haciendo una rebelión… ¡con qué la íbamos a hacer!”, expresó mientras reivindicaba “el humor como  recurso para soportar el terror”, junto con la solidaridad y la ternura entre compañeras.

Betty junto a Ana Montenegro y Lichi Larrea.

El Casino: chalecito del terror

Media hora después de la medianoche del 24 de marzo de 1976 un grupo de uniformados y dos o tres civiles golpearon la puerta de la vivienda en el centro de las Heras donde la joven Beatriz García vivía con sus padres. La única despierta era la mamá, que debió abrir la puerta ante la amenaza de los secuestradores que, de inmediato, arrancaron a Beatriz de su cama, mientras que al papá, semidesnudo, lo encañonaban en el living. Dos de ellos, Juan Carlos García y Pagella, de civil, requisaron la biblioteca y se burlaban “como si les pareciera peligroso que una persona leyera”. Aunque “difusamente”, la víctima ubica a Armando Olimpo Carelli, de la Fuerza Aérea, en el operativo. Y, sin hesitar, también a otro ‘aviador’, el teniente Luis Cunietti, por expresa transmisión de su padre -un republicano español que huyó del franquismo- cuando ella recuperó la libertad: “no te olvides nunca de este nombre, Cunietti, él estuvo al frente del operativo, lo afirmó cuando pregunté” -le dijo- y lo rubricó en un papel que rompió ni bien su hija salió.

Al salir con sus captores y ser subida a un Peugeot 504 amarillo claro, Betty percibió la magnitud del operativo, con otros militares apostados en los techos vecinos y su casa rodeada. Poco recorrieron dado que la trasladaron al Casino de suboficiales a través de un ingreso por la actual calle Plantamura al doblar por Boulogne sur Mer, que divide a la Penitenciaría de las dependencias del Ejército. Allí la recibió el suboficial Briones, que la encerró en una habitación a oscuras donde a poco fue advirtiendo la presencia de tres mujeres más: Dora Goldfard; “Doña María”, una viejita de 78 años; y otra que la testigo no pudo recordar. Sólo había un banco que ellas tenían “reservado a la abuela” y dormían en el piso.

Después “fue llegando gente nueva todos los días” aunque el número de detenidas “no era estable”. Un alto jefe militar se quejó por la precariedad en la que estaban y, con la instalación de camas, mesas, sillas, sábanas, fueron armando “una especie de vivienda”. Entonces comenzó “una situación un poco extraña porque estábamos privadas de la libertad” y los guardias empezaron a llevar la comida preparada en el Casino más platos, cubiertos y copas del Ejército Argentino. “No era algo anecdótico, por momentos era enloquecedor, nos daba mayor desconfianza e inseguridad”, explicó Betty. Y así fue, porque apareció la tortura.

En primera línea los acusados Carlos Rico (Infantería), Roberto Usinger (D2) y Carlos Ledesma (Fuerza Aérea).

Las prisioneras fueron organizándose con “un grupo de contención a la noche, que es cuando mayormente ingresaban a las mujeres”. Una noche trajeron a Teresa Carrizo, “una chica vendada y maltratada que estaba desesperada, no tenía militancia -Beatriz era de la JP- y creía que estaba en la cárcel y que éramos prostitutas”. La fueron tranquilizando pero los guardias se la llevaron, la desnudaron y le dieron una paliza “que la dejó toda morada”. Entonces notaron que “la cosa había cambiado y a partir de ahí fue un antes y un después”.

Betty aseguró que en algunos casos la tortura pasó de los golpes a la picana o al submarino, en interrogatorios practicados en una barraca dentro de la propia unidad militar por los mismos custodios a los que, vendadas, reconocían por sus voces. Así, vio a Olga Salvucci “con estertores que le impedían controlar su cuerpo por la picana”, a Estela Izaguirre y a Liliana Buttini, desnudada frente a su novio y que “se salvó porque reconoció a ´Willy´ -posiblemente Carelli- a punto de torturarla. La víctima también registró vívidamente “el día que por la ventana del chalecito que da a Plantamura vi a un soldado con un arma larga en una mano y de la otra a Mariano” -por Mariano Morales, el bebé de Vilma Rúpolo-. Entonces se organizaron y dejaron la habitación más pequeña para la madre, el niño y tres compañeras más, mientras que el resto dormía en otra algo más grande. Se prohibieron fumar y hablar fuerte. Después vino “el cuadro de ver a Vilma amamantando a su hijo con los pechos morados de tantos golpes”.

A Beatriz la sometieron a tres interrogatorios: el primero fue “muy largo y vendada”, con lo cual llegó a sentir por única vez en su vida que sus “manos y pies eran de algodón”; en el siguiente la aislaron frente a una máquina de escribir con un listado de personas que trabajaban con ella en la Dirección de Tránsito y Transporte de la Provincia, a fin de que “completara los datos”. Como no lo hizo “se enojaron mucho” y, bajo amenazas contra ella y su familia, la golpearon en el estómago mientras amartillaban un arma en su cabeza.

La pecera

Finalmente, el 15 de agosto de 1976 el sargento Montiel le comunicó que preparara sus “bártulos” porque al otro día la liberarían. El 16 dos suboficiales la pasearon en un micro del Ejército dentro del predio, por lo que temió por su vida. Vio cuadras de soldados y entre 20 y 30 hombres detenidos en el Liceo Militar, inclusive dialogó con algunos, pese a la amenaza del segundo comandante Tamer Yapur que les tenía prohibido cualquier tipo de contacto. Una vez en la calle, desahuciada y sin medios, tuvo la fortuna de que pasaran unos vecinos en un vehículo y la dejaran en su casa. A partir de allí supo que había permanecido desaparecida hasta el 1ro de julio -cuando la blanqueó el Poder Ejecutivo- y que ‘legalmente’ siguió presa hasta el 10 de diciembre, cuando le levantaron el PEN.

Sin embargo había empezado “otra parte muy difícil”: la de “convivir con los terrores de estar en el lugar más inseguro de todos: mi propia casa”. Explicó: “tenía la sensación de que vivía en una pecera, siempre aterrorizada, alerta por los ruidos de la calle y los autos, sin dormir por los terrores nocturnos”, al punto que para el verano del ‘77 se fue de vacaciones con sus padres y lo único que hizo fue dormir, ya que por primera vez después del secuestro se sentía “segura”.

TOF 1 conformado por Daniel Cisneros, Gretel Diamante y Alejandro Piña.

En “un impulso por lo mío”, y sabiendo de antemano que la habían echado, fue a reclamar por su trabajo y su jefe le espetó que se fuera a su casa, se dejara de molestar y agradeciera por estar viva. En el Ministerio de Gobierno le respondieron lo mismo. A su vez recordó que en “Tránsito” hubo otras personas detenidas y una actualmente desaparecida, “Pichona”, María del Carmen Moyano.

También la echaron de la Facultad de Ciencias Políticas y su vida “se partió en dos”: ya no podía continuar ni sus hábitos ni sus sueños. Para tener trabajo e inserción social tuvo que dedicarse al comercio de su padre y de un tío, “lo último que hubiese querido en la vida”. Luego, “durante un tiempo me armé una vida que no tenía nada que ver con mi historia y recuperar eso también fue muy doloroso, o sea, el poder decir ‘no, ésta soy yo, yo soy así y esto es lo que quiero hacer’, me ha llevado muchos años”.

La escuela del MEDH

“La señora es un libro abierto sobre el terrorismo de Estado”, se oyó decir bajito al fiscal Dante Vega al momento de abordar el ascensor del primer piso de Tribunales una vez concluido el testimonio e interrumpida la audiencia hasta hoy. Es que además de la claridad y calidad de sus conceptos y la conciencia de su experiencia, Betty integra desde hace décadas el Movimiento Ecuménico, por lo cual su desarrollo investigativo y riguroso trabajo sobre la memoria se hace aún más apreciable.

Por ejemplo, puntualizó que registra 21 compañeras que pasaron por el Casino hasta que fue desarticulado el 29 de septiembre del ‘76 -Arito, la testigo anterior, que permaneció detenida allí hasta el último día, había evocado que por estas fechas se cumplen 41 años de ése cautiverio- y recordó a la mayoría de ellas: además de las anteriores ya mencionadas, Cora Cejas, Liliana Petruy, Eda Sbarbatti de Alliendes y su hija Silvia, Rosa Blanca Obredor -Kitty-, Sara Malvicini de Bonardell, Susana Nardi, María Elena Castro y la fallecida Norma Sibilla.

De los represores evocó al jefe a cargo, Waltern Eichorn -del Ejército, prófugo-; al jefe de la Unidad, teniente Carlos Ledesma -imputado-; y a los custodios Briones, sargento Montiel, sargento Ríos y principal Varas, con quienes tenían trato cotidiano y, en parte gracias al oficio periodístico de Sibilla, pudieron conocer “hasta sus números de documento”. También tuvieron trato con varios conscriptos, incluso uno de ellos, Roberto Mallima, que era vecino suyo, tiempo después le aseguró que, en relación a la tortura, “todos sabíamos lo que pasaba ahí”.

Betty y la otra víctima testigo de la jornada, Edith Arito.

Por Sebastián Moro

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