Eduardo Hernández, el primer médico en pisar Malvinas

Eduardo Hernández, el primer médico en pisar Malvinas

Distinguido con la medalla “Al Heróico Valor en Combate” y reconocimiento como “el primer médico en llegar a Malvinas durante el conflicto bélico de 1982”, el Dr. Eduardo Hernández relata su experiencia dentro del campo de batalla. Pero el relato va más allá de los hechos, y en sus palabras refleja el aprendizaje que ganó de esa situación extrema en la que cientos de jóvenes argentinos perdieron su vida tras la imposición bélica de la cúpula militar que ordenaba en el país desde 1976.

Eduardo Hernández, quien con tan solo 25 años se dedicó a tratar de salvar vidas en la principal unidad sanitaria argentina que se montó en el archipiélago, y en medio del fuego enemigo, valoriza en esta entrevista el coraje y la entrega de los chicos que dieron su vida por la patria.

“Una causa justa pero fatalmente malversada por lo dictadura”, repite una y otra vez. Con 17 kilos menos pudo regresar a su casa luego del cese de la guerra. Retornó con vivencias que “nunca más” podrá borrar y con las que se comprometió íntimamente para el resto de sus días: “El hambre y el frío que sufrían nuestros soldaditos, y los llantos cuando no recibían cartas de sus seres queridos, su necesidad de respuesta ante tanta improvisación por parte de los responsables de armar esta guerra”. Por la memoria de todos ellos asegura que desea volver a pisar el suelo de Malvinas.

El Dr. Eduardo Hernández, el primero a la derecha junto al equipo de enfermeros que se le sumaban. Archivo personal del entrevistado.

“Mi compromiso dentro del servicio militar terminaba el 31 de marzo de 1982 y ese mismo día me dan la orden de ir a Malvinas como médico. Me dijeron que debía integrar un grupo comando de la aeronáutica, era un grupo de operaciones especiales”, recuerda al inicio de la charla para inmediatamente evocar que él fue el primer médico del Ejército Argentino en tocar tierra malvinense aquel 2 de abril.

“En un avión Hércules hicimos el primer aterrizaje al principio de la toma de la isla. Era de mañana muy temprano. Fue un aterrizaje de asalto y apenas pisamos tierra ya se sentían los tiroteos de ambas partes. Esos fueron los momentos en que se iniciaba la toma, y lo primero que hicimos ahí mismo en el aeropuerto fue arriar la bandera inglesa e izar la bandera argentina”, relata el médico.

Cuenta que los cuatro primeros días de la toma participó en un puesto de socorro en el aeropuerto de Malvinas, y que ya a partir del quinto se desempeñó en una sede del Hospital Militar de Comodoro Rivadavia, en Puerto Argentino. La misma fue instalada en el edificio de una escuela y nucleaba a médicos de otras fuerzas. De esta manera se armó un gran centro de asistencia que se denominó CIMM (Centro Interfuerza de Médicos en Malvinas).
Hernández, junto con otros médicos y apoyo de enfermeros, se ocupaba de buscar vía helicóptero a los heridos que se encontraban en las distintas islas. Luego los trasladaban al hospital donde les brindaba la asistencia necesaria.

Según relata, el equipamiento sanitario con el que contaban “era muy completo”, al igual que el contingente de médicos y enfermeros que se caracterizaba “por su compromiso.”

“Todo esto hacía que nuestro trabajo se hiciera más llevadero, y más en vista a que las operaciones que teníamos que hacer sobre los heridos eran diarias debido a la magnitud de las heridas que iban presentando a medida que transcurría el conflicto”, continúa rememorando.

Y ante la pausa que se prolonga al comienzo de su repaso la pregunta obligada:

¿Qué pensaba usted en ese momento sobre la guerra contra los ingleses?

Tanto en la toma como cuando me dan la orden de ir a Malvinas nunca pensé que iba a ser una cuestión prolongada. Se hablaba de que íbamos a estar cuatro días y creíamos que era más bien una cuestión simbólica. Realmente nunca en mi conciencia estuvo la idea de que esto se iba a dilatar y de la magnitud que iba a tomar. Menos las tremendas fallas desde el punto de vista logístico que existieron, ya que se trataba de un Ejército que no estaba preparado para enfrentar la guerra. Nosotros tuvimos la sensación aproximadamente 20 días antes de la rendición de que la guerra estaba perdida, pero no por el desempeño de los ingleses sino por el estado en que se encontraba nuestra propia tropa.

¿Qué les decían los militares de rango superior?

Compartíamos algunos momentos con militares y nos dábamos cuenta que lo que ellos decían que iba a pasar después sucedía a la inversa. Por ejemplo, decían que los ingleses iban a atacar primero las otras islas, y fue completamente al revés porque empezaron por Puerto Argentino, sabiendo que a partir de allí caía el resto. Todo ese tipo de cuestiones que nosotros escuchábamos respecto a las estrategias militares demostraban la desorientación que existía por parte de los mismos responsables de impulsar la guerra.

Imaginate que todas las tardes noches nos bombardeaban desde la artillería naval. Eran bombardeos diarios que recibíamos de aproximadamente cuatro horas. Nosotros carecíamos de un tanque de largo alcance que pudiera repeler ese ataque naval de los marines ingleses. Lo único que nos quedaba era cubrirnos en las trincheras o esperar a que pase el ataque para hacer nuestro trabajo, que era salir a recolectar heridos. Después seguíamos con la parte más fuerte de nuestra misión que era atender a los heridos que llegaban al hospital, o que traíamos nosotros mismos después de estos bombardeos.

Durante el día los ingleses tomaban fotografías aéreas de nuestros depósitos de alimentos y a la noche los bombardeaban, y nosotros no podíamos hacer nada para evitarlo. Así de improvisado era todo para nosotros.

¿Cómo hacían para sobrellevar esos momentos tan extremos ante tanta vulnerabilidad?

Al principio teníamos mucho entusiasmo justamente porque lo entendíamos como una usurpación de un sentimiento. ¿Quién no está con la causa de Malvinas? Lo que hizo la dictadura fue una malversación de ese sentimiento nacional, utilizarlo con un fin propio, utilizarlo para intentar perpetuarse en el poder y en ese acto hubo una improvisación muy grande que se vio reflejada en la guerra.

Nuestros soldaditos estaban muy mal a nivel nutricional y con problemas serios de abrigo. Habían mandado especialmente a muchos chicos de Chaco y Corrientes ni siquiera habían llevado los regimientos que ya estaban adaptados al frio como los del sur. Los uniformes precarios y la falta de alimentos eran reflejo de esa improvisación.

Las permanentes circunstancias adversas que nos tocó vivir durante toda la guerra y la situación en que llegaban los soldaditos al hospital – con mucho frío, con mucha hambre, con pie de trinchera que en muchas ocasiones había que amputar, a veces casi inmovilizados por el congelamiento y le teníamos que dar de comer en la boca lo poco que quedaba – todas esas situaciones extremas nos iban señalando que la guerra estaba perdida. Era demasiado el padecimiento y lo resistíamos como podíamos.

¿Cómo eran las relaciones que se establecían entre ustedes y los soldados que atendían en el hospital?

Manteníamos una relación muy buena con los solados, desde lo afectivo y lo profesional. Imaginate que eran chicos de 18 años que se me ponían a llorar en la guardia porque no recibían la carta de los padres, y es que muchas cartas llegaban pero otras se perdían. Se me ponían a llorar en la guardia y yo un poco mayor, con 25 años, sentía que debía contenerlos como fuera…

Eran chicos sin ninguna preparación para ir a la guerra, en una situación extrema y nosotros llenos de impotencia por no poder darle el apoyo que pretendíamos sobre esta necesidad de afecto, de alimentación, de respuestas. Llegaban a la guardia con cinco días sin alimentarse y luego de haber permanecido en un clima adverso totalmente, de humedad y frío permanentemente. Ante todo esto nuestra relación era de mucho respeto y contención.

¿Cómo vivió el día de la rendición?

Con mucha tristeza y mucha paz. El bombardeo final fue terrible y duró toda la madrugada del 13 al 14 de junio. No paraban de ingresar esquirlas al propio hospital. El hospital pasó en un momento a estar en primera línea porque los ingleses venían avanzando por Puerto Argentino y el edificio estaba en la entrada. Mientras caían las esquirlas por las ventanas del hospital nosotros llevábamos tres días operando sin dormir.

Ante el acoso de la artillería inglesa nuestro Ejército tuvo que en un momento dejar de responder al ataque y así los ingleses fueron cesando paulatinamente, hasta que fue definitivo tras la orden oficial de suspensión del fuego.

Nosotros igual teníamos que continuar con nuestro trabajo, ya con una tranquilidad mayor aunque con demasiada pena. A partir de ese momento estuvimos siete días prisioneros. El último día nos llevaron a Puerto Madryn. Cuando llegamos fue un momento de mucho quiebre porque nos trasladaron al centro de la ciudad y además del dolor por la derrota, sentíamos culpa. Creíamos que la gente nos iba a tratar muy mal porque habíamos perdido la guerra; sin embargo la gente empezó a salir de las casas con pañuelos blancos. Nos saludaban y nos aplaudían a medida que íbamos pasando, fue muy emocionante. De allí nos trasladaron a cada uno a destino.

¿Qué le dejó esta experiencia a nivel humano?

Es una experiencia muy dolorosa, una experiencia límite. En lo personal te deja una fortaleza espiritual que te sirve a futuro, otra visión de la vida. Uno comienza a valorizar mucho la vida y a perderle significado a la guerra, verdaderamente es como dice la canción de León Gieco: “es un monstruo grande y pisa la fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Uno se hace un replanteo de si merece la pena la guerra. Y más en ese contexto cuando se trata de un conflicto bélico ordenado por un gobierno que carece por completo de legitimidad. Era una cuestión meramente oportunista de la Junta Militar.

De toda esa impotencia y ese dolor esto rescato el valor del soldado argentino convencido de que estaba luchando por defender la patria y que murió con esa vivencia. El valor patriótico venía principalmente de parte de los soldados, y me enseñó mucho para el resto de mi vida.

Por último ¿Volvió a Malvinas luego de la guerra?

No volví, me gustaría mucho hacerlo junto a mi familia para compartir todo lo que viví en ese lugar. Me gustaría mucho volver pese a todo el dolor que implica. No dejo de sentir que fue una experiencia extrema.

Durante la guerra escribí mucho sobre lo que sentía y después también. Es que me quedó para siempre ese compromiso interior con los soldaditos que murieron con la idea y el convencimiento de entregar la vida por la patria. Para reencontrarme con todo eso necesito volver.

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